Una lista incompleta

Hoy, como cada mañana, he revisado mis recuerdos en Instagram. Hacer este ejercicio me ayuda a repasar mentalmente mi evolución en los distintos campos de mi vida. En general me produce ternura, nostalgia y cierto alivio. Hasta que, desde hace dos días, compruebo que mis recuerdos son ya desde el confinamiento. Un día como ayer, el año pasado, me dediqué a mirar -y a compartir- las plantas que había en mi terraza. Porque el primer encierro (no hace falta que os lo recuerde) empezó en vísperas de la primavera. Había calas, glicineas, fresias y jazmines. También empezaban a nacer las primeras fresas. No recuerdo si estaba por ahí el calanchoe o si ya lo había transplantado mi madre, porque no me cae bien. Es caprichoso y desobediente. Se dejaban ver los primeros brotes de la higuera. El recuerdo correspondiente a hoy del año pasado era de un concurso de plantación de lentejas entre mis amigas y yo. La que tuviera sus legumbres más crecidas para el final del confinamiento (al que augurábamos, como mucho, un mes de duración) sería recompensada con cervezas. Perdimos la cuenta con la cuarta prórroga. Hace dos años estaba con una amiga en el Wizink center saltando al ritmo de Crystal Fighters.

I wanna go to a friends’ party.

Durante la tercera semana de confinamiento empecé un diario de cosas que me estaban haciendo más llevadera aquella-esta-nomequedamuyclaroeldeterminante experiencia: comer pan hecho en casa, el concurso de lentejas, ser consciente de que era capaz de echar de menos con todo mi cuerpo, el humor negro y los memes. Conté hasta treinta y tres. Seguro que si ahora me pusiera a pensar ampliaría la lista, pero es otra de las cosas que he dejado a la mitad en mi vida. A veces eso me supone un conflicto interno; otras me recuerda que puedo retomar lo que quiera porque sigo aquí, sigo viva.

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Ahora salgo a la calle y respiro la misma clase de aire que había a estas alturas del año pasado. Porque Sevilla tiene memoria olfativa, y cualquiera que pasee por la ciudad durante estos días, con o sin mascarilla, sabrá que incienso y azahar no vaticinan otra cosa que la primavera y la Semana Santa. El problema es que el recuerdo tan reciente y aún por terminar de digerir de lo que empezamos a vivir a estas alturas del año pasado añade al aire el componente de la incertidumbre y cierta claustrofobia social, porque queremos (y no sabemos hasta qué punto se nos está permitido) disfrutar de lo que estos días nos están regalando; ya se nos fue arrebatado una vez. Ya no somos capaces de dar por hecho todo lo que un día consideramos nuestro por derecho natural. Y yo para esto no encuentro un contraataque mental más efectivo que empezar a enumerar las cosas que me reconcilian con este mundo:

  • El paseo de un domingo por la mañana que remata en el mercadillo de arte de la plaza del Museo. Entrar si no hay cola y contemplar las diferentes formas de retratar un querubín según cada movimiento artístico.
  • El epílogo de Esperando a Míster Bojangles. Controlar quién tiene las dos copias de mi libro.
  • La escena final de la primera temporada de Derry Girls. Entrar en bucle con The Cranberries. Acordarme de las clases de inglés de sexto de Primaria.
  • Pensar en los conciertos a los que voy a ir en cuanto sea legal volver a brincar en masa. Empezaré con Rigoberta Bandini y Cigarettes After Sex.
  • Salir con mis perros. Este fin de semana le dibujé el contorno de las cejas a uno de ellos con rímel. Mi madre me sigue maldiciendo, pero está más guapo y gracioso que nunca.
  • Comprobar que las plantas que empezaron a morir en otoño vuelven a tener tanta vida como el año pasado. Porque todo ha cambiado, pero todo sigue igual.

Sé que podría seguir enumerando cosas, pero lo voy a dejar aquí.

Por ahora.

 

Claudia Corradini


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